La Dra. G y yo llegamos al albergue el 20 de enero, sin saber con qué nos íbamos a encontrar. Ella es médica familiar jubilada y voluntaria frecuente con nosotros. Era el día de la toma de posesión presidencial, y el nuevo mandatario había prometido grandes cambios en la política migratoria—pero nadie sabía aún qué tan rápido o qué tan profundo sería ese cambio. La Dra. G quiso marcar ese día con servicio.
Apenas estacionamos y comenzamos a bajar pañales y artículos de cuidado posparto, la directora del albergue salió corriendo hacia nosotras. Me abrazó fuerte. —“Lo acabaron,” me dijo. —“¿Qué cosa?” —“La app. Las citas. Todo. Se fue.”
Se refería a la aplicación CBP One—la única vía legal que quedaba para la mayoría de las personas que buscan asilo en Estados Unidos. Muchas familias habían esperado meses por una cita y, de un momento a otro, ese camino desapareció.
Lo que más me impactó fue lo primero que dijo la Dra. G al pararse frente a las mamás que acompañamos a través de nuestro programa Mamás en la Frontera: “No importa lo que haga nuestro país, nosotras estamos con ustedes.” |
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Hasta diciembre de 2024, la app CBP One había procesado casi un millón de citas—un millón de personas, incluidas mujeres embarazadas y madres recientes. Para las mamás en nuestro programa, eso significaba una espera promedio de 4 a 6 meses después de huir de situaciones violentas: muchas escapando de violencia doméstica, otras perseguidas por carteles, todas víctimas de sistemas que nunca las protegieron.
Lucía llegó en julio con dos hijos y uno en camino. Su esposo—como todos los hombres de su calle—había sido llevado por hombres armados en plena noche. Su esperanza era reunirse con su suegra en Chicago, pero ahora lo único que tenía era una espera sin horizonte. | |
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Lo que hemos visto desde entonces |
Desde el 20 de enero, la frontera se ha vuelto más silenciosa—pero no porque haya menos necesidad. La violencia y la corrupción no ha disminuido en los países de donde huyen nuestras madres. Simplemente, ya no hay opciones: las víctimas deben quedarse en situaciones peligrosas o esperar indefinidamente en albergues en la frontera.
Después de dar a luz en Tijuana con el apoyo de nuestra facilitadora del programa, Lucía tomó la decisión imposible: volver a su país, al mismo peligro del que había escapado. Elena decidió quedarse. Tiene dos niños pequeños y huyó de El Salvador cuando su esposo—parte de las fuerzas especiales del gobierno—se negó a realizar arrestos ilegales. Su integridad puso en riesgo a toda su familia. Solo pudieron volar a Tijuana desde el sur de México porque lograron una cita con CBP One. Pero su cita era el 21 de enero. Cuando llegaron, ya era demasiado tarde.
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A pesar de las esperas más largas y las puertas que se cierran, seguimos apareciendo: con pañales, artículos esenciales, apoyo en salud mental, y talleres de desarrollo enfocados en medios de vida, crianza y clases de inglés. Seguimos escuchando. Seguimos creando comunidad. Aunque los caminos se cierren, la necesidad sigue ahí.
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Los medios ya pasaron la página. Nosotras no. Estas también son nuestras mamás. Esto no se trata solo de políticas migratorias—se trata de salud materna y de si realmente creemos que todas las madres merecen cuidado, sin importar dónde nacieron. Toda madre merece un parto seguro, sanar con dignidad, y criar a sus hijos en paz. Esa es la realidad que estamos construyendo. Una madre a la vez, sin fronteras.
Con cariño, Cayla Willingham Co-Fundadora y Coordinadora de Programas |
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